viernes, 21 de agosto de 2015

Perder teorías*

«—Escribo —dije.

Largo silencio.

—Seguramente usted cree que un escritor no trabaja —me decidí a ampliarle la noticia—. Es más, seguramente usted cree que un ejecutivo, por ejemplo, o un político, se dedican a algo más importante, pero que un escritor, en cambio, no es algo que pueda tomarse en serio, ¿no es así?

Tampoco esta vez me contestó. En el siguiente semáforo en rojo, volvió a consultar el mapa. ¿Tan difícil resultaba encontrar el Hôtel des Artistes?

—¿Ya sabe que la literatura es un invento esencial de los hombres? —se me ocurrió entonces decirle—. En realidad, es la creación más valiosa de la humanidad en su intento por entenderse a sí misma.

No pareció sorprendido por mis palabras y siguió consultando su mapa.

—Mucha gente —continué diciendo— parece no darse por enterada de esto. Pero nosotros, la humanidad, no seríamos nada sin el lenguaje, sin la literatura.

Largo silencio. Comenzó a plegar el mapa. Le dio a la llave del motor. Arrancó.

—Y dígame, ¿se lo pasa uno bien siendo escritor? —preguntó.

Parecía querer burlarse de mí. Y si no era así, lo parecía. Preferí no contestar, pero me habría gustado explicarle sin complejos que, por ejemplo, cuando un escritor se encierra a trabajar en soledad está poniendo consciente o inconscientemente una gran fe en la humanidad, porque él cree que todos los seres humanos se parecen y por tanto deben llevar dentro de sí heridas similares y lo comprenderán. Cosas así me habría gustado contarle. Pero me pareció más prudente el silencio».


«No nos engañemos: escribimos siempre después de otros. En mi caso, a esa operación de ideas y frases de otros que adquieren otro sentido al ser retocadas levemente hay que añadir una operación paralela y casi idéntica: la invasión en mis textos de citas literarias totalmente inventadas, que se mezclan con las verdaderas. Eso complica aún más el procedimiento, pero también es cierto que lo alegra».

«Si no sabemos qué es la vida, ¿por qué habríamos de tener tan claro qué es una novela?».

«Pero es que, por otra parte, estaba la cuestión de mi timidez. «Todo lo que en mí es auténtico proviene de la timidez de mi juventud», escribió en cierta ocasión Manuel da Cunha. Sin saber qué había exactamente querido decir con esto, pensé siempre que estaba muy de acuerdo con esa frase. Después de todo, siempre he dado por comprobado que la timidez es una fuente inagotable de desgracias en la vida práctica y la causa directa, seguramente la única, de toda riqueza interior. Preservar esa riqueza se convirtió en mi objeto primordial aquella mañana —inolvidable mañana de aire refrescante— en Lyon».

*Perder teorías, Enrique Vila-Matas, Seix Barral, Barcelona, 2010.

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