martes, 30 de julio de 2013

Víctor Balcells Matas escribe así

            «Supe  que  mi  abuelo  había  tenido  un  infarto  cuando  mi  tío  me  lo  gritó  por  teléfono.  Me  quedé  duro,  como  la  primera  vez  que  él  me  llevó  al  campo  de  fútbol,  entré  en  la  cocina  y  comí  pedazos  de  queso,  lánguidamente.  A  mi  abuelo  le  gustaba  la  matemática.  Se  pasaba  el  día  buscando  combinaciones  ganadoras  de  la  primitiva.  Él  no  creía  en  el  azar,  creía  que  era  posible  adivinar  los  números  ganadores  antes  de  que  eso  ocurriera,  porque  para  él  nada  podía  ocurrir  porque  sí,  sin  un  motivo.
            A  mi  abuelo  le  regalamos  la  Nintendo  64  dos  años  antes  de  su  infarto.  La  penúltima  vez  que  lo  vi  fue  en  una  comida  familiar,  en  una  masía  que,  en  el  pasado,  había  pertenecido  a  mi  familia.  Mi  familia  que  desaprovechó  el  dinero,  que  se  hundió  en  la  profunda  decadencia  de  los  burgueses  venidos  a  menos.  Y  como  suele  ocurrir  en  toda  familia  decadente,  los  nietos  e  hijos  se  hicieron  artistas  y  vividores.  Alguno  ha  alcanzado  el  éxito  y  aparece  en  los  periódicos;  de  los  demás  no  sé  nada,  y  cuando  los  veo  apenas  me  saludan.  Porque  no  me  quieren  o  no  saben  quién  soy.  Pero  yo  quería  a  mi  abuelo.  Éramos  amigos.  Cada  fin  de  semana  iba  a  su  casa  a  jugar  con  la  consola.  Él  me  pedía  que  lo  ayudara  en  los  juegos  difíciles.  De  él  heredé  el  carnet  de  socio  del  Barça,  una  de  mis  posesiones  más  preciadas.  Jugábamos  a  la  consola  y  luego  veíamos  el  partido  de  fútbol  por  la  televisión.  Esas  dos  cosas  compartíamos,  el  fútbol  y  los  videojuegos.
            La  penúltima  vez  que  lo  vi  llevaba  unas  gafas  oscuras,  estaba  cansado.  Se  podía  intuir  lo  que  estaba  por  pasar.  Pero  nunca  ganamos  en  la  primitiva  y,  por  ese  mismo  motivo,  nadie  adivinó  que  iba  a  tener  un  infarto.  El  azar  se  engaña  a  sí  mismo  y,  con  su  complejidad,  nos  hace  creer  que  existe,  que  es  cierto,  y  que  nada  está  predeterminado.  Pero  creo  que  las  cosas  sí  están  predeterminadas.  Creo  que  no  fue  azaroso  que  acabáramos  el  Super  Mario  64  tres  semanas  antes  de  que  muriera.  Fue  difícil  acabar  con  el  monstruo  final.  Lo  hice  porque  él  no  sabía  hacerlo.  Y  ahora  puedo  decir,  sin  un  temblor  de  más,  que  yo  solo  he  matado  monstruos  por  ti,  abuelo.  Por  ningún  amor  lo  he  hecho,  por  ningún  amigo.  (Recuerdo  que  cuando  destruimos  al  malo  final,  un  ser  con  caparazón  de  espinas,  feo  y  repugnante,  lo  celebramos  silenciosamente,  porque  si  él  y  yo  nos  parecíamos  en  algo,  era  en  la  falta  de  efusividad,  en  el  silencio,  en  las  cosas  que  no  se  dicen  porque  con  un  gesto  se  comprenden).
            Mi  tío  me  lo  gritó  por  el  teléfono  y  solo  vi  a  mi  abuelo  una  vez  en  el  hospital.  Cuando  él  hablaba,  el  cardiograma  saltaba,  se  aceleraba  y  frenaba  de  golpe,  como  si  allí  hubiera  un  doble  lenguaje  de  vida  y  de  muerte.  La  última  vez  que  hablamos,  él  me  preguntó  por  la  situación  del  Barça  (una  situación,  por  cierto,  en  esa  época,  penosa).  Me  dijo,  irónicamente,  que  los  médicos  le  habían  prohibido  ver  el  Barça-Madrid.  Pero  también  me  dijo  que  estaba  tranquilo,  que  todo  estaba  bien,  a  pesar  de  los  tubos  y  los  sueros,  la  arritmia,  que  todo  estaba  bien.
            Unos  meses  después  de  su  muerte  mi  abuela  me  mostró  un  manuscrito  de  mi  abuelo.  Lo  había  escrito  durante  la  Guerra  Civil,  mientras  se  fugaba  de  España  para  encontrarse  con  su  familia.  La  caligrafía  era  prodigiosa,  la  prosa  contenida.  Narraba  su  travesía  por  los  Pirineos,  a  pie.  Lo  que  yo  hacía  ficcionalmente  cuando  jugaba  con  el  ordenador,  cuando  los  enemigos  me  mataban  o  me  hacían  sufrir  delante  de  la  pantalla,  él  lo  había  hecho  de  verdad,  lo  había  sufrido  de  verdad,  con  menos  de  veinte  años.  Ya  no  conservo  ese  manuscrito,  pero  conservo  su  dolor.  Tampoco  conservo  a  mi  abuelo.  No  culpo  a  nadie  por  ello.  Un  corazón  está  hecho  para  latir  dos  mil  millones  de  veces.  Más  allá  de  esa  cifra  solo  hay  incertidumbre.  Lo  que  no  me  explico  aún  es  por  qué  demonios  con  dos  mil  millones  de  latidos  más  que  yo,  él  no  parecía  mi  abuelo,  sino  mi  hermano.  Lo  que  no  me  explico  es  por  qué  con  apenas  unos  cientos  de  millones  de  latidos  yo  ya  me  siento  tan  viejo  y  tan  solo.  Sin  embargo  sé  algo,  lo  leí  una  vez.  Sé  que  los  héroes  tienen  un  final:  cuando  han  acabado  con  todos  los  monstruos  solo  les  queda  aniquilarse  a  sí  mismos.  Sé,  por  lo  tanto,  que  para  mí  la  aniquilación  empezó  cuando  maté  a  ese  bicho  con  caparazón,  en  la  consola,  con  mi  abuelo  al  lado  dando  palmas  (contenidas,  apenas  esbozadas).  Ese  es  el  motivo  por  el  cual  escribo,  porque  tengo  que  inventar  lo  que  no  viviré,  porque  tengo  que  dejar  constancia  de  que  solo  he  matado  monstruos  por  ti,  ahora.  Ahora,  mientras  te  recuerdo  inclinado  sobre  la  mesa,  intentando  encontrar  las  combinaciones  de  la  primitiva  que  nos  harían  tan  ricos,  convencido,  sin  dudarlo  ni  un  instante  de  que  el  azar  es  una  mentira,  y  que  esa  mentira  es  tan  fácil  de  destruir  como  el  recuerdo  de  las  personas  que  hemos  querido.  Y  en  eso  consiste  mi  intento,  mi  última  matanza  sin  armas,  en  que  permanezcas,  como  sea,  pero  que  permanezcas,  al  menos  hasta  que  yo,  también,  haya  desaparecido  de  aquí».  

Yo  mataré  monstruos  por  ti,  Víctor  Balcells  Matas,  Delirio,  Salamanca,  2010.  

viernes, 26 de julio de 2013

Los verdaderos poetas son de repente*

Como dejó escrito Baltasar Graci, lo bueno si bre, dos veces bue. 
En el 2009 tuve la suerte de poder aprender de Pablo Fidalgo y Estefanía García junto a un grupo humano acogedor cuando preparaban el montaje de La democracia. Más tarde, en el Pradillo pude disfrutar de Años 90. Nacimos para ser estrellas, de La tristura, con su

«Que los cuadros y las esculturas
Vuelen de un país a otro
Echadlas al mar
Para que aparezcan en otro continente
Dadles los cuadros a los niños
Para que jueguen con ellos».

Pero no es de esto de lo que quiero hablar ahora. Pablo me dijo: “Ya que te gusta la poesía, cuéntanos”. Y lo primero que me vino a la cabeza fue una frase de Pe Cas Cor del principio de Verdades a medias: «Solo soy un verdadero artista mientras vacío el lavaplatos». 
¿Qué quería contestar a Pablo al salirme por la tangente? Seré bre, para no contradecir la frase con la que abro este pequeño texto; quería reivindicar el lirismo en las tareas cotidianas. Solo lo diré una vez: la poesía, después de toda la tradición que tenemos en nuestra literatura, no está en la poesía. Para corroborar esta afirmación solo habría que leer al azar cualquier poemario de reciente aparición. Sé que al generalizar estoy metiendo en el saco a profesionales que seguro que no se merecen que se hable mal de ellos. Asumo ese riesgo. No hace falta decir que no me estoy refiriendo en ningún momento a los clásicos. Sus textos hablan por sí solos y no necesitan que los defienda nadie. 
Cuando un pequeño coge una flor y se la entrega a su madre, yo entiendo que es poesía. Cuando un joven le dice un requiebro a la chica que le gusta y ella se sonroja, yo entiendo que es poesía. Cortázar, que escribió cuentos, novelas y poemas, tiene toda su obra impregnada de poesía. 
Estoy seguro de que Pedro Casariego hacía poesía mientras cuidaba el jardín de sus padres. Él, que tenía pensamientos de este tipo: «El universo tiene un solo verso. No hay más poesía».
En una de sus magníficas conferencias, “Imagen poética de don Luis de Góngora”, Lorca dijo del que a juicio de muchos es el mejor poeta en lengua castellana: «Y ahora vamos con la oscuridad de Góngora. ¿Qué es eso de oscuridad? Yo creo que peca de luminoso. Pero para llegar a él hay que estar iniciado en la poesía y tener una sensibilidad preparada por lecturas y experiencias. Una persona fuera de su mundo no puede paladearlo, como tampoco paladea un cuadro aunque vea lo que hay pintado, ni una composición musical. A Góngora no hay que leerlo: hay que amarlo». 
En resumidas cuentas, que si no se entiende la poesía puede ser o bien que se tienen las gafas sucias, o que te han dado calabazas, o lo que es peor, que te han traído una flor, pero está marchita y no sabes qué hacer. 

*El título de la entrada es un verso de Gonzalo Rojas. 

martes, 23 de julio de 2013

Gimnasia mental

 Como todos los libros de Ramón, Trampantojos no es un libro más. No seré yo quien descubra su ingenio. Hay muchas páginas que he marcado tras su lectura. Ahí va, acompañado de un dibujo suyo, uno de esos momentos que justifican por qué leer es uno de los mejores pasatiempos:

 «Prefiero un maniquí a un político, y creo que, aun de cartón, son los seres más humanos del mundo.
  Cuando paseaba por París con mi gran compadre, el humorista Cami, me sugería él que debíamos escribir obras teatrales a propósito para que las representasen los maniquíes de los grandes escaparates, actores de vocación a los que nadie reparte papeles». 

Trampantojos, Ramón Gómez de la Serna, Libros Clan, Madrid, 2002.

viernes, 5 de julio de 2013

Todo tiene su trámite y cada trámite tiene su curso

«Doce  voces  gritaban  enfurecidas,  y  eran
todas  iguales.  No  había  duda  de  la
transformación  ocurrida  en  las  caras  de  los  cerdos.
Los  animales  asombrados,  pasaron  su  mirada
del  cerdo  al  hombre,  y  del  hombre  al  cerdo;  y,
nuevamente,  del  cerdo  al  hombre;  pero  ya  era  imposible 
distinguir  quién  era  uno  y  quién  era  otro».

(Rebelión  en  la  granja,  George  Orwell).


Con los pies en el barro no puede mirarse el cielo.


Las montañas de basura de Los que ríen los últimos se han convertido en pienso para los cerdos, ¡qué fuerte! ¿No? Sustituyan la palabra pienso por dinero, y a los cerdos por ciudadanos, y tenemos una crítica a un sistema que aliena al individuo.
El régimen del pienso empieza antes de comenzar la función y no termina nunca. Eso es lo más triste de una representación desgraciadamente necesaria. Las consecuencias de un despido se pueden contar de muchas maneras. La Zaranda lo hace como saben hacerlo los que aman su trabajo: de una forma magistral.
Hay algunos ecos de El tintero de Carlos Muñiz, sobre todo cuando uno de los empleados es cesado de su puesto. Es esa atmósfera de pesadilla cruel. Repetimos que es una obra necesaria, pues salen a relucir las miserias de los poderosos y la tenacidad de los que no manejan los hilos.
Lo único que te queda después de tanto es el eco de un pasodoble. Silencio. He dicho que se calle. Se apagan las luces, tan fundamentales en el transcurso de toda la representación. Ha muerto un cerdo. Más pienso para el resto. A partir de ahora no voy a hacer el gesto de mirar el reloj con la misma soltura.


jueves, 4 de julio de 2013

No es un curso de verano más

                Los recién llegados quieren volver y dicen: “me he sentido como en casa, sois como una familia. Muchas gracias por el trato recibido”. Supongo que no se puede pedir más. Y es que veinte años no se cumplen todos los días. Aquí el término repetidor tiene toda la carga positiva imaginable. Yo estoy feliz de haber sido repetidor muchas veces, y de ver que hay otros muchos que también repiten.
                El curso de verano sobre literatura contemporánea de la Universidad de Alcalá que organiza Pedro Carrero Eras (muchos años junto a Antonio del Rey Briones) ha cumplido ya veinte años. ¿Cuál es la clave? La profesionalidad de sus conferenciantes, el lugar en el que se celebran (la Facultad de Educación de Guadalajara, antigua Escuela de Magisterio), y alguien con el valor de enseñar que hay otros caminos.  
                Este año se titulaba Literatura hispánica contemporánea: los viajes. Lamento no haber podido asistir de manera regular, pues también ha participado Milagros Salvador, pero escuchar a Enrique Gallud Jardiel una vez más ha sido estimulante. También he podido seguir aprendiendo del profesor Joaquín Rubio Tovar.

                ¡Felicidades! 


lunes, 1 de julio de 2013

El arte de fabular

«Un  anciano  ve  un  muerto  sobre  el  que  cae  la  claridad  de  la  luna.  Reúne  gran  número  de  animales  y  les  dice:
—¿Cuál  de  vosotros,  valientes,  quiere  encargarse  de  pasar  el  muerto  o  la  luna  a  la  otra  orilla  del  río?
Dos  tortugas  se  presentan:  la  primera,  que  tiene  las  patas  largas,  carga  con  la  luna  y  llega  sana  y  salva  con  ella  a  la  orilla  opuesta;  la  otra,  que  tiene  las  patas  cortas,  carga  con  el  muerto  y  se  ahoga.
Por  eso  la  luna  muerta  reaparece  todos  los  días,  y  el  hombre  que  muere  no  vuelve  nunca».

Historia  abreviada  de  la  literatura  portátil,  Enrique  Vila-Matas.