miércoles, 26 de junio de 2013

Del lado de allá

«Casi siempre empieza Polanco: Mirá, soñé que estaba en una plaza y que encontraba un corazón en el suelo. Lo levanté y latía, era un corazón humano y latía, entonces lo llevé a una fuente, lo lavé lo mejor que pude porque estaba lleno de hojas y de polvo, y fui a entregarlo a la comisaría de la rue de l'Abbaye. Es absolutamente falso, dice Marrast. Lo lavaste pero después lo envolviste irrespetuosamente en un diario viejo y te lo echaste al bolsillo del saco. Cómo se lo va a echar al bolsillo del saco si estaba en mangas de camisa, dice Juan. Yo estaba correctamente vestido, dice Polanco, y el corazón lo llevé a la comisaría y me dieron un recibo, eso fue lo más extraordinario del sueño. No lo llevaste, dice Tell, te vimos cuando entrabas en tu casa y escondías el corazón en un placard, ese que tiene un candado de oro. Vos imaginate a Polanco con un candado de oro, se ríe groseramente Calac. Yo el corazón lo porté a la comi, dice Polanco. Bueno, consiente Nicole, a lo mejor ese era el segundo, porque todos sabemos que encontraste por lo menos dos. Bisbis, bisbis, dice Feuille Morte. Ahora que lo pienso, dice Polanco, encontré cerca de veinte. Dios de Israel, me había olvidado de la segunda parte del sueño. Los encontraste en la Place Maubert debajo de una montaña de basura, dice mi paredro, te vi desde el café Les Matelots. Y todos latían, dice Polanco entusiasmado. Encontré veinte corazones, veintiuno con el que ya había llevado a la policía, y todos estaban latiendo como locos. No lo llevaste a la policía, dice Tell, yo te vi cuando lo escondías en el placard. En todo caso latía, concede mi paredro. Puede ser, dice Tell, el latido me tiene por completo sin cuidado. No hay como las mujeres, dice Marrast, que un corazón esté latiendo o no lo único que ven es un candado de oro. No te pongas misógino, dice mi paredro. Toda la ciudad estaba cubierta de corazones, dice Polanco, me acuerdo muy bien, era rarísimo. Y pensar que al principio solamente me acordaba de un corazón. Por algo se empieza, dice Juan. Y todos latían, dice Polanco. De qué les podía servir, dice Tell».

62 modelo para armar, Julio Cortázar.

jueves, 20 de junio de 2013

La novela de Pepe Ansúrez

«Don Perico le dijo a su mujer:
—Ese carácter antimilitarista habría que darlo desde la primera frase, de manera que el lector sepa a qué atenerse desde el primer momento. Lo de mantenerlo a lo largo de la narración es mucho más fácil; lo difícil es encontrar esa frase, la primera, la definitiva. Ya te hablé ayer de la importancia de la primera frase, de cómo toda la novela debe estar contenida en ella. Eso no quiere decir que el resto sea inútil, pues es como el desarrollo de un carrete: si tú tiras del hilo de un carrete el contenido no cambia pues la suma de los dos lados es el carrete mismo. Pero uno está desarrollado en forma de hilo y el otro es todavía un carrete. Por este ejemplo puedes colegir lo que es una novela».

 La novela de Pepe Ansúrez, Gonzalo Torrente Ballester.

miércoles, 19 de junio de 2013

Primavera de Pedro Garfias

Primavera

Las flores pisan cuerdas

Y los niños
ruedan las horas
como aros

La Primavera ha volcado sus cangilones
y han salido las venas de los árboles

árbol               caja de música

El corazón del mundo ha perdido el compás

Antología poética de Pedro Garfias, Fundación de cultura García Blanco (Ayuntamiento de Osuna), 1989. 

martes, 18 de junio de 2013

No sería la primera vez que el sueño del poeta hace la isla. (Álvaro Cunqueiro).

«El  poeta  hindú  Tulsi  Das  compuso  la  gesta  de  Hanuman  y  de  su  ejército  de  monos.  Años  después,  un  rey  lo  encarceló  en  una  torre  de  piedra.  En  la  celda  se  puso  a  meditar  y  de  la  meditación  surgió  Hanuman  con  su  ejército  de  monos  y  conquistaron  la  ciudad  e  irrumpieron  en  la torre  y  lo  libertaron». R.F  Burton  en  la  Antología  de  la  literatura  fantástica  de  Bioy,  Borges  y  Silvina.

lunes, 10 de junio de 2013

Que la inocencia es virtud, sabedlo*

*Vox populi.

 «—¿Cuánto tiempo? —preguntó Sohrab.
  —No lo sé. Un poco.
  Sohrab se encogió de hombros y sonrió, una sonrisa más ancha aquella vez.
  —No me importa. Puedo esperar. Es como las manzanas verdes.
  —¿Las manzanas verdes?
  —Una vez, cuando era muy pequeño, trepé a un árbol y comí unas manzanas que aún estaban verdes. Se me hinchó el estómago y se me puso duro como un tambor. Mi madre me dijo que si hubiese esperado a que madurasen, no me habrían sentado mal. Así que ahora, cuando quiero algo de verdad, intento recordar lo que ella me dijo sobre las manzanas».

 Cometas en el cielo, Khaled Hosseini.