
Buscando entre los escombros encontró latas de sardina caducadas. Había demasiados pegotes de rencor por el suelo del basurero. Siguió la incansable búsqueda del aro de cebolla con salsa de miel y mostaza. En este contenedor tampoco estaba.
—¡Maldita sea!, maulló el gato pardo en perfecto castellano. "Otro día que me voy a la cama sin cenar".
Y deambuló entre jardines oscuros que olían a noche cerrada. Tras rezar a su dios gatuno, el gato pensó en su posible gata. Los gatos son así de particulares, auriculares y gaticulares. Pueden desear a cuantas felinas acudan a sus lamentos, pero son especialmente vulnerables cuando una entre millones les hace segregar dopamina a raudales. Ellos no entienden de aritmética y creen que la ciencia es un pasatiempo algo aburrido. Por eso se dedican a viajar de tejado en tejado. Cuando se cansan, se pasean riéndose de todos los peatones.
Este verano tenía raspas de pescado solo para él. No había demasiada generosidad entre sus compañeros de aventuras. Lo mejor era prepararse para lo peor. Lo peor, una opción más entre tantas. Así, si acudía a la cita su gata de los ojos de gota de lluvia veraniega [niega], entonces, solo entonces podía decir que no había sido engañado por una vez en su vida.
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